Durante años, Marta acompañó a sus nietos a la escuela esquivando autos que doblaban sin mirar. Propuso islas de refugio y pintura de alta visibilidad. Ganó por pocos votos. Tras la obra, caminaron más familias, bajaron velocidades y el comercio de la panadería creció. Su testimonio en la asamblea animó a replicar la solución frente al club barrial cercano.
El club Juventud cerró media cuadra con permiso municipal, convocó a madres, padres y chicas a pintar un circuito lúdico frente al gimnasio. Voluntarios midieron tránsitos, bomberos prestaron conos y un muralista donó diseño. La experiencia mostró beneficios inmediatos y disipó temores. En la votación siguiente, la intervención ganó recursos para volverse permanente con materiales resistentes y señalización formal.
Tras talas antiguas por enfermedad, la plaza quedó pelada y caliente. Vecinas, viveristas y la escuela propusieron arbolado nativo, riego por goteo y pérgolas comunitarias. Recaudaron pequeñas donaciones, el presupuesto participativo sumó lo faltante. Un verano después, la temperatura bajó perceptiblemente y aparecieron mateadas, ferias de intercambio y ajedrez bajo los nuevos árboles. Cuidar juntos se hizo costumbre.